Suscribirse

¿Vivir para ganar? Pequeña reflexión sobre los premios escolares y las victorias políticas

Muchos de los que conozco, en estos días han sido protagonistas de triunfos y celebraciones. En mis redes sociales fui testigo de muchos que enrostraban en la cara de sus adversarios una victoria importante. Por otra parte, soy parte de una generación en donde los premios escolares se tomaron mis cuentas de Facebook e Instagram. Y algo quedó dando vuelta en mí. No me he podido sacar de la cabeza el lugar que le damos los adultos al reconocimiento público o ganar.

Tengo 4 hijos y no son ni los más brillantes del curso, ni los más deportistas, ni los más artistas, ni los grandes líderes. Son cariñosos, peleadores, buenos de corazón, despelotados, simples y descomplicados, alegones, solidarios, amistosos… son niños comunes y corrientes, con virtudes maravillosas y defectos que debemos trabajar. Han sido poco premiados en su corta vida escolar y este año uno de ellos obtuvo un premio muy importante en su Colegio. ¿La sensación fue agradable y de orgullo? Obvio, pero también pensé en que a veces los papás estamos más obsesionados con ese tipo de reconocimientos y sin querer (o con, en algunos lamentables casos) les traspasamos eso a nuestro hijos.

Hace unos días estuve en la ceremonia de final de año de un colegio y la Directora felicitó a los premiados, pero especialmente a los que no recibieron premio. Por su trabajo oculto, silencioso, esforzado que a veces muchos no ven, pero que siempre trae frutos. Y casi me paro a aplaudirla de pie porque ahí estaban varios de mis hijos. Mi hijo que se ganó el premio ¿lo merecía? Claro que sí, pero también muchos otros niños que superaron sus dificultades, fueron perseverantes, vencieron la lata, fueron empáticos y cariñosos con el que nadie quería acoger, ayudaron cuando nadie los vio a ordenar la sala y miles de gestos que quedan en ese anonimato tan piola, pero no por eso menos valorable.

¿Esta es una columna en contra de los premios? ¡Para nada! Aplaudí de pie a hijos de amigas que sé que recibieron su distinción con todos los méritos más que justificados. ¿Esta es una columna que pretende ubicar a los premios en el lugar que le corresponde? Si, totalmente. Porque también vi caras tristes de papás, pensado que algo habían hecho mal porque sus niños no habían subido al escenario a recibir un diploma. Y no pues, la vida no se juega ahí. La vida se juega en que tu hijo sepa llamar para pedir perdón, que comparta sus útiles, que haga sus tareas porque entiende que también tiene deberes, que sea capaz de dar de su tiempo por los que más lo necesitan, que su vida tiene mucho más sentido que sacar 800 puntos en la PSU .

Hay otro fenómeno que me llamó la atención: la ausencia de muchas familias y el desinterés frente a este tipo de instancias, solo porque sabían que sus niños no tendrían un reconocimiento. Nos quejamos de que vivimos en una sociedad cada vez más individualista, pero somos los primero en decir “qué lata” cuando debemos dar el ejemplo y acompañar a nuestros hijos a celebrar las alegrías de sus amigos. Es necesario cerrar ciclos, felicitar a los que se llevaron las medallas y aprender genuinamente a alegrase de corazón por las cosas buenas que les pasan a los otros.

Crucé este tema con las elecciones presidenciales.

Ganar algo es gratificante, pero no hay que perder el norte y hay que hacerlo con humildad. A veces percibí más placer en la derrota del adversario, que en la propia victoria adquirida. Hoy a algunos les tocará gobernar, pero también necesitarán de sus opositores para hacer de Chile un país más amable, justo y solidario.

Personalmente pienso que mis adversarios políticos están equivocados, pero no los pongo (ni me gusta que la sociedad lo haga) en el bando de “los malos”. Trabajar en equipo, sobre todo en política, también requiere escuchar genuinamente las ideas, visiones de mundo y propuestas del que camina por la vereda del frente. Por eso creo y celebro tanto a los que luchan por ser humildes.

En un mundo donde el empoderamiento, el “todo es posible si me lo propongo”, el “yo decreto que mi vida sea así o asá”; la humildad aparece como una palabra más antigua que los Marmentini Letelier e Il Gioco juntos.

Ser humildes se asocia con apocamiento, debilidad, falta de carácter. Y para mi está tan lejos de eso. Tenemos que revivir esta virtud, que no tiene por qué hacernos menos soñadores o evitar proponernos metas altas, solo es saber que un día podemos estar siendo aplaudidos y mañana llamando a viejos contactos para que nos ayuden a encontrar pega. La humildad nos ubica en el mapa y también nos engrandece. Cuando pienso en las grandes personas que han marcado mi vida, todas ellas tienen el mismo patrón, han sabido disfrutar de sus éxitos sin hacer sentir menos a los demás y entendiendo siempre que los talentos, si no están para servir a los demás, poco tienen de talentos.

No tenía idea quien era Quinto Curcio hasta que me topé con esta frase de su autoría “Los ríos más profundos son siempre los más silenciosos”. Cuánta razón y actualidad hay ahí. En una simple y corta frase escrita hace unos 20 siglos atrás.

Suscríbete